Me escribe Luis, desde Washington DC, y deja su comentario en el blog de La Esquina en el sitio web
www.eltiempolatino.com. Responde a la columna titulada “¿A quién le importa nuestro voto?”. Dice que a nadie: “ni demócratas ni republicanos harán nada por nosotros”. Víctor Martínez, desde Woodbridge, Virgina, responde a la respuesta: “solamente mediante el voto tendremos más partidarios latinos que trabajen por nuestros intereses en ese vasto mundo de la política, porque ¿de qué nos sirve ser económicamente los más importantes si dentro de la política somos los más débiles?... se podría mover la balanza para nuestros ideales dentro, sí dentro, de la política”. Víctor está convencido. Luis se siente confundido y sin esperanza. Son el ying y el yang de una misma realidad latina de Estados Unidos.
Uno. Se oponen y se complementan. Son uno y separados. Norte y sur. Se necesitan y se dan la espalda. Es la sensación que tengo cuando leo las discusiones en el blog. Es el discurso latino: o nos sentimos parte del equipo ganador en la cancha, o pensamos que estamos condenados a ser suplentes de por vida. No parece haber término medio. Está ausente el discurso de la construcción de lo latino en esta sociedad donde la latinidad —con sus regionalismos— y el español —con sus variantes y catastrofismos— es más antiguo que lo anglo. ¿Será que no hemos aprendido a ser de aquí con sus consecuencias? Tal vez sea que ya hemos llegado y nos estamos acomodando.
Dos. Es en el tema electoral y en el debate migratorio (léase: presencia del inmigrante indocumentado) donde la sangre llega al río de las letras que escriben los comentaristas de esta columna. Hay insultos, claro (y hasta donde se puede, se borran). Hay mucho español oral mal transcrito. Pero sobre todo abunda la pasión, la necesidad de expresarse. Y ahí está lo que me parece más interesante: incluso quienes me han insultado y amenazado (en mensajes grabados en la oficina) lo han hecho en español —porque son latinos— y reaccionando a temas que afectan especialmente a la comunidad latina. Entre nosotros nos amamos y nos odiamos con la misma intensidad. Canalizar esa pasión es parte del proceso de ser más de aquí. La obsesión de mi amigo Jorge Ramos cuando habla de la “Ola Latina” para explicar nuestra presencia imparable en Estados Unidos debe materializarse en positivo. Por eso los latinos debemos aprender a nadar en la política, debemos hacernos expertos en las técnicas de surfing del sistema escolar, social, cultural estadounidense. Claro que a algunos les ayudan sus hijos. Pero es nuestra responsabilidad de futuro aprender a subirnos a esa ola con suficiencia y seguridad. Porque sólo los estadounidenses se puede latinizar a Estados Unidos.