Terminada la Convención Nacional Demócrata, pasa Gustav y le agua la fiesta a la Convención Nacional Republicana. El viaje en estas elecciones de 2008 comenzó en Denver, Colorado, y se dirigió a St. Paul, Minnesota, vía Nueva Orleans donde se invocó el fantasma de Katrina: hace tres años cedieron los diques, se inundó una ciudad, se perdieron vidas y se resquebrajó la credibilidad de un gobierno que hizo aguas en su capacidad de respuesta. Esta vez, el presidente George W. Bush no estaba ni de vacación ni de convención. Estaba al pie del cañón. En el área del potencial desastre que no se materializó. Y en el Día del Trabajo, las estrellas en St. Paul fueron la primera dama, Laura Bush, y la aspirante a primera dama, Cindy McCain: una mezcla de botox y bellas intenciones.
Sorpresas. Lejos de las casi 100.000 personas que abarrotaron aquel estadio de fútbol en Denver donde Barack Obama pronunció su discurso desde la montaña, los republicanos —en palabras de María Cino, presidenta de la Convención del GOP— esperaban unos 45.000 asistentes cuando la noche del jueves 4 de septiembre clausuraban el evento proclamando a John McCain y a su compañera (de fórmula) Sarah Palin como los nuevos merecedores a ocupar la Casa Blanca. Y las sorpresas llegaron en el banco de suplentes: Obama se alía con un venerable senador de cabellos blancos, de Delaware; McCain se va con una novata gobernadora de Alaska.
Líos. El mensaje de Obama: si dicen que soy joven, miren a mi veterano experto en política exterior. El mensaje de McCain: si dicen que soy viejo, deléitense con mi bella compañera de viaje. El senador de Delaware le daría además a Obama las llaves de las puertas del Congreso (para amainar tensiones entre legisladores y comandante en jefe). La gobernadora de Alaska le abriría pozos petrolíferos a McCain, no sólo en las reservas naturales del Estado, sino entre los conservadores cristianos del sur que sólo votan en contra del aborto y con la religión como ariete. Se supone que de las convenciones sale el nuevo liderazgo y para el votante se despeja un poco el ambiente político. No lo sé. Obama trae algo que no es nuevo: el cambio. Y McCain dice que quiere arreglar Washington porque “está roto”, (nadie le ha preguntado qué pegamento traerá). Obama representa un reto racial y generacional, aunque él enfatice sólo lo segundo. McCain trae consigo el peso de la trayectoria, pero éstos no son tiempos para la lentitud ni para invocar el pasado. La tarea de ambos será atraerse al votante no partidista. El que quiere que su presidente sea un chófer confiable, que le lleve a su destino sin sobresaltos. Y sin que al final del viaje le cobren la gasolina.
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