Soy fanática de la primera y de la última película de Rocky. La original, ganadora del Oscar como mejor filme de 1976, cuenta la historia de un mediocre boxeador de Filadelfia que tiene la oportunidad de su vida al enfrentarse con el invencible Apollo Creed. Sylvester Stallone, sin sangre en las manos, demuestra que la disciplina deportiva y el impulso que le da el amor por su mujer, Adrian, son los motores de su triunfo.
“El semental italiano” reaparece en 2006, cuando creíamos no poder tolerar un nuevo giro de la historia. Pero la sorpresa es grata. En “Rocky Balboa”, el boxeador está retirado, viudo, y gerencia su propio restaurante. Pero, como él mismo dice, “tiene una bestia dentro que no le permite vivir”. Al cincuentón Rocky le falta pelear su última batalla. Y lo hará contra un campeón real, el peso pesado Mason Dixon.
Nadie cree en él, ni su propio hijo. Está panzón, viejo, pero guarda un as en sus puños: la misma resistencia y tenacidad del Rocky de 1976. “No importa cuánto te golpeen sino que te levantes y sigas avanzando”, le dice a su hijo. Al final de una pelea magistral, Rocky Balboa está libre de bestias. Tal vez las mismas bestias que atrapan sin salida a muchos boxeadores que terminan marginados de la gloria.
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