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Arlington, Virginia. Miércoles, 27 de mayo. Entre la Wilson y la Clarendon. En el Summers no cabía un alfiler: los fanáticos del Manchester United con camisetas rojas y alaridos, los del Barcelona con color “blaugrana” y una enorme bandera española. Al otro lado de la calle, en Four Courts, había menos ambiente de estadio y más tensión de sala de estar: seguidores del Barça y de los “Red Devils” barajados entre las mesas, con civilizada exactitud, sin mirarse a los ojos, anclados en las pantallas. Era la final de la Copa de Europa de fútbol y, por lo visto y lo oido, los bares del área metropolitana de Washington se habían abarrotado para disfrutar de una guerra de baja intensidad entre dos potencias deportivas —y dos ex imperios— en un país donde oficialmente sólo una final de uno de estos tres acrónimos: NFL, NBA o MLB, es digna de atención. Pero la realidad es compleja: un bebedor de cerveza en la barra me asegura que él es del Arsenal, que había venido a disfrutar, y que su jugador favorito es Fábregas —un español que es el cerebro del equipo inglés eliminado por el Manchester United en semifinales. Más allá, un salvadoreño vestía la camiseta del Barcelona con el nombre de Ronaldinho a la espalda. Le recuerdo que el brasileño ya nu juega en España. Me responde que hay que recordar la magia. Al final fue un partido que hizo verdad una de las pancartas del estadio olímpico de Roma: los ingleses inventaron el fútbol moderno, pero los españoles han encarnado últimamente el arte del fútbol. Y un Barcelona joven, con el balón pegado a los pies, pasando con angélica precisión, derrotó al más grande por 2-0.

Global. Las esperanzas del Manchester estaban puestas en un portugués: Cristiano Ronaldo. Las del Barça en un “killer” de Camerún: Samuel Eto’o. Y en “la pulga atómica” Leo Messi de Argentina. El camerunés marcó el primer tanto. El argentino hizo el segundo saltando y de cabeza. Los ingleses esperaban más del enojo futbolístico del británico Rooney. Los españoles apostaban a los cerebros ibéricos de Xavi y de Iniesta. Al final, saltaron al terreno de juego de Roma 22 jugadores y 11 nacionalidades. Un campo de fútbol es un ejemplo de aldea global correteando en pantalón corto detrás de un balón. En mi bar se hablaba inglés en al menos tres acentos. Los estadounidenses anglófilos sonreían con cierta ingenuidad. Los británicos con temor ibérico. Los latinos con pasión y punto. Mi amigo llevaba puesta una sudada camiseta del Barça y gritaba como si la televisión tuviese orejas. Me dijo que si se moría quería que lo enterrasen con la camiseta del Real Madrid. ¿Por qué? Porque así la gente pensará que hay uno del Madrid menos en este mundo. “Mi madre es de Madrid”, le dije con seriedad. “Lo siento, no quise odfender”, respondió sin remordimiento y, dándome la espalda, se entregó de nuevo a la orgía futbolística del televisor. No importa, pensé, a mi madre no le gusta el fútbol.

—Alberto Avendaño
alberto@eltiempolatino.com

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