En el sudeste de DC. La mañana del martes 4 la lluvia incipiente no logró que los ciudadanos se movieran de sus filas. Afuera de la Hendley Elementary School, en el 425 de la Chesapeake Street, a metros de South Capitol Street, la vía que lleva directo al Capitolio, los porcentajes proyectados se sentían: la comunidad negra había salido masivamente a votar. En la puerta de la escuela, pequeños de 2 años de un jardín infantil cercano repartían “snacks” —galletitas y un refresco— para endulzar la espera de los mayores.
Allí, en ese instante siempre emocionante en el que la gente elige a sus gobernantes —y con la sana envidia del que aún no puede votar— de pronto tuve un momento de epifanía y cobró sentido el estar “haciendo vida”, como dicen los cubanos, en este país.
Mis hijos. Amanda y Brandon ya fueron protagonistas de una columna anterior, sobre lo esencial de tener un lugar propio en el mundo. Y Amanda y Brandon están de nuevo entre la tinta y el papel de su mamá, porque ellos también son Obama. Muchas veces me pregunté en el medio de la pasión con la que seguí esta campaña —no diré histórica porque ya casi suena a lugar común— de dónde nacía esa intensidad. Recordé la Plaza de Mayo de Buenos Aires en diciembre de 1983 cuando asumió el presidente Raúl Alfonsín en Argentina, luego de años de oscuridad de capas militares. Recordé a mi padre que defendía con fuego de amante a su candidato del momento, no importaba el signo político. Recordé las veces que escuché la frase “voto castigo” porque la esperanza se diluía entre inflaciones.
Y entendí la pasión. No era la pasión de una cuarentona que vivió varios terremotos políticos y escuchó decenas de promesas de una sociedad mejor: era el amor de una mamá y la alegría de comprender que mis hijos nacieron en un país en donde, tal vez, un cambio real sea posible. Amanda, de casi 4 años, y Brandon, de 18 meses, son negros y blancos. Son dos mulatos preciosos. Su diversidad está en sus miradas, en sus cabellos que se pelean por ser lacios o con rulitos, depende el ángulo de la cabeza que se observe, en sus reacciones y en el orgullo de contar que nacieron en Washington, DC pero que sus abuelas están en Cuba y en Argentina.
La activista. Zakiyyah Haddad también estaba en la puerta de la escuela Hendley el martes 4, intentando captar al último votante tardío. La afroamericana Zakiyyah nació hace 57 años en DC y ante la pregunta del peso del color en estas elecciones contestó: “qué importa si Obama es negro o blanco, en dónde creció. Somos seres humanos”. Años de tensión se diluyeron en las palabras de Zakiyyah, quien desarmó el debate cromático con la simpleza del vecino. Ella, desde una zona difícil, confía en el cambio. El mismo del que ojalá sean testigos Amanda y Brandon.
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