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Diego Cataño y David Lara en Lake Tahoe (2008), film del director mexicano Fernando Eimbcke.

Francisco Barradas

La historia de Lake Tahoe (2008) (http://fest09.sffs.org/films/film_details.php?id=52) es un día en la vida de Juan, un joven emocionalmente congelado que deambula por el hirviente puerto Progreso, Yucatán. Es la muerte de su padre el evento que ha colocado en un bloque de hielo al protagonista, quien afronta la vida estático, muy frío.
El director mexicano Fernando Eimbcke anhela ser Robert Bresson, el brutalmente simplista director francés; pero Lake Tahoe lo muestra otra vez, tanto como Temporada de patos (2004), su primer y aclamado largometraje, también como Luis de Llano, un conocido productor de televisión en México, hábil para diseñar productos acaramelados, idóneos para el gusto dulzón, educado en el melodrama de las telenovelas, del grueso de la población latinoamericana.
Y no es que Lake Tahoe sea una película amenizada con canciones, no; o quizá debiera, porque con sus diálogos tan inanes y sus anécdotas tan irrelevantes, mal no le vendría disimular su insípida trama siquiera con los elementos ruidosos de las comedias. Pero no, porque Embicke quiere ser Bresson, o al menos Jarmusch.
Pero Eimbcke es él mismo, y parece que estaba muy adentro de su bloque cuando escribió esta historia, de la cual es también autora Paula Markovitch. Ha dicho el director que Lake Tahoe es una historia con “un fuerte elemento autobiográfico”. Y se nota. Tanto porque Progreso, Yucatán, no es tal, sino, apenas, un escenario de filmaciones elegido por razones presupuestales –lamentable que el guión desaprovechara la riqueza cultural de esa zona; ¡tan sólo de imaginar cuánta sal habría agregado a ciertos diálogos el acento yucateco!–, y por los personajes, que no son otros que esa clase media urbana ochentera de la ciudad de México, entre la que Eimbcke creció, y a la que se mantiene atado, con la consecuente incapacidad para transmitir algo que sea un tanto más… universal, y no esos cuentos de clanes infantiles sin adultos próximos –con un tono que para Luis de Llano sería magistral, pero que, por lo mismo, no alcanzan más hondura que una hora de televisión.
Hay razones, sin embargo, para ver Lake Tahoe. La primera sería, si le gustó Temporada de patos, entonces quizá sienta curiosidad por ver la transformación de uno de sus niños protagonistas, Diego Cataño –cuya primera actuación, por cierto, fue en una telenovela, una de tantas versiones de El derecho de nacer–, quien intepreta a Juan. Otra, aún más poderosa, la fotografía de Alexis Zabé, quien, para decirlo todo, fue el fotógrafo de Luz silenciosa (2007), de Carlos Reygadas (http://www.luzsilenciosa.com/), una hermosa y magistralmente blanca película. E incluso una tercera, esa Llorona interpretada por el grupo de son jarocho Los Parientes de Playa Vicente, que se escucha durante los créditos finales, pero, claro, para alcanzar ese último goce tendrá que esperar 81 largos minutos.

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