Muchos años después, frente al palacio presidencial, el ex presidente Manuel Zelaya había de recordar aquella madrugada remota en que los militares lo llevaron a Costa Rica.
Es mi osadía jugar con el inicio de “Cien años de soledad” —la joya del realismo mágico novelesco de Gabriel García Márquez— para cobrar distancia de una realidad que duele y deja en el rostro una mueca que se puede confundir con una sonrisa. El jueves 9 de julio, el presidente costarricense y Premio Nobel de la Paz, Óscar Arias servía de anfitrión/mediador entre el depuesto presidente hondureño Manuel Zelaya y la cabeza visible del gobierno de facto de Honduras, Roberto Micheletti. Ahí puede concluir la crisis, con el regreso de Zelaya. Y el mundo sería testigo de otra vuelta de tuerca en el surrealismo centroamericano: volvería con la frente marchita y las manos atadas, al borde del final de su mandato. El riesgo: que sus leales —dentro y fuera del país— confundan la democracia con la toma de las calles.
Pero también puede ocurrir que la galaxia Micheletti, ante el temor de un “big bang” populista, se atrinchere con sus razones metidas en sobre oficial. De ser así, el futuro regreso de Zelaya lo sería a un país amortajado donde la verdad —entre la muerte y las tensiones— se tomaría un atajo.
José Manuel Zelaya Rosales, hijo de un hacendado ultraconservador y una maestra, se crió en un ambiente rural, en la provincia de Olancho. De ahí le viene su amor a los caballos y el icono que le cubre: su sombrero de cowboy “Stetson”. Y este es el hombre que protagoniza la primera crisis latinoamericana del presidente estadounidense Barack Obama.
La nueva cultura de la política exterior de Washington se basa en bajar la temperatura a cualquier tensión lo cual, en el caso de Honduras, ha hecho que Obama se encontrara con extraños compañeros de cama al articular su repudio a la ruptura del orden democrático en el país centroamericano.
Cuando el 28 de junio, Zelaya —el presidente salido de las urnas— es literalmente sacado de la cama y expulsado del país por el ejército, el mundo lo deplora. El Congreso y la Corte Suprema hondureña califican el altercado como una defensa del orden constitucional y, con referencias a la ley del país, lo justifican. Los interrogantes: ¿Por qué no se lavaron los trapos legales en Tegucigalpa? ¿Por qué el marco civil se distorsiona con la intervención militar?
El viaje iniciático de Zelaya va desde las filas ideológicas del conservadurismo tradicional hasta convertirse en discípulo del caudillismo chavista del siglo XXI. Pero su paso por el poder no trae el paraíso socialista: crimen, pobreza y recesión económica marcan su mandato. Tal vez por eso se iluminó el mandatario y decidió que los 4 años de presidencia que le otorgaba la ley no eran suficientes y —jugando con la ilegalidad— convoca un referéndum para poder ser reelegido. Los militares impidieron el irregular llamado a las urnas y, con premeditación, nocturnidad y alevosía, lo arrancaron del lecho presidencial y lo depositaron en Costa Rica. Luego, líderes de países donde las libertades no existen o se encuentran asediadas vociferaron el derecho de los hondureños a la democracia.
Otras voces más coherentes —desde Washington hasta Buenos Aires, pasando por la Unión Europea— reclamaron el respeto a los principios democráticos. Y Zelaya se convirtió en el “depuesto volador”: ¿Por qué intentó aterrizar en Tegucigalpa a bordo de un avión venezolano? Malas relaciones públicas. Al final, se fue a Nicaragua, un país liderado por una mentalidad del final de la guerra fría. Hay que recordar que en los 80, Washington apoyó la insurgencia antisandinista y utilizó a Honduras de base para las Contras nicaragüenses. ¿Es la revancha de Managua?
Va a ser complicado el regreso —si se produce— de Manuel Zelaya a ese Macondo de noticia del día en que se ha convertido Tegucigalpa en los medios. Aunque, para contradecir las últimas líneas de la novela de García Márquez sería bueno pensar que tal vez las estirpes condenadas a cien años de soledad sí tengan una segunda oportunidad sobre la Tierra.
Alberto Avendaño es director de El Tiempo Latino
alberto@eltiempolatino.com
Etiquetas:
Compartir
¡Necesitas ser un miembro de ETL para añadir comentarios!
Participa en esta red social