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17 años al servicio de la comunidad

No somos tan sólo el resultado de nuestros actos. Pero también. El marte 12, cuando el Padre Alberto Cutié se sentó delante de Teresa Rodríguez para ser entrevistado ante una cámara, asistimos a dos de los ejercicios más difíciles del circo de la vida: entrevistar a un comunicador y justificar una traición. Respecto al primero, me pareció una excelente entrevista donde, en lenguaje de béisbol, se tocaron todas las bases. Me gustó que se dejara claro desde el principio la amistad que unía a entrevistadora y entrevistado: era una cuestión de ética profesional, pero también sirvió para romper una distancia que está en el manual de estilo estadounidense y que, con frecuencia, daña el componente latino de la comunicación. Teresa supo reír, con claridad cristalina, ante alguna palabra de Alberto; pero sus preguntas superaron el atractivo de un experto en claves mediáticas. Respecto a su “mea culpa”, Alberto unió cuerpo y espíritu para enfrentarse al toro de la verdad: su traición, su doble vida. Utilizó la capa del mejor torero que lleva dentro: ese atractivo de galán de telenovela que le ha servido para humanizar lo divino y así servir mejor a su comunidad. Y lo hizo con el corazón en la mano aunque reservándose la respuesta al ¿y ahora qué? Cuando Teresa le enseñó las fotos —feas instantáneas de revista fea que algunos consumen como grasosa comida rápida— y le preguntó ¿qué es esto? Alberto dio su mejor respuesta: “Eso es amor”. Pero se refería sólo a los sentimientos de esas manos tocándose en la playa. No al supuesto periodismo accidental que las retrata. Claro que, en su ternura, esas manos traicionan su promesa católica.
Curas y lechos. El Padre Alberto pone sobre la mesa el tema del celibato de los sacerdotes católicos. Nada nuevo. No es la primera vez que la Iglesia de Roma confunde su propia burocracia legislativa con la llave para entrar en el Paraiso. Y así les va. En el área metropolitana de Washington, el Padre Vidal Antonio Rivas, salvadoreño que llegó a EE.UU. escapando de la violencia paramilitar, admirador de la obra de monseñor Romero y defensor de los derechos de los inmigrantes, renunció a la Iglesia Católica en 2001 también por amor. Hoy Vidal Rivas está casado, y fue recibido por la Iglesia Episcopal en una ceremonia realizada el 19 de enero de 2008, en la Catedral Nacional de Washington, DC. Entre nosotros se debate hoy no la carne y el espíritu, sino la norma y la libertad individual de elegir, de cambiar. Nada más divino que eso. Pero a los medios de comunicación —y a los ávidos consumidores de noticias irrelevantes para su vida— les excita ver a este hombre con sotana y 40 años contar su historia de sexo, mentiras y encuentros de sacristía. La ensalada se adoba con mala fotografía digital, telescópica y fálica, en una playa de Miami. Alberto ama a esa mujer. Alberto tiene que abandonar la iglesia que le impide el amor. Aquí paz y después gloria.

—Alberto Avendaño
alberto@eltiempolatino.com

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