“¿Quién le teme al lobo feroz?” cantaban los tres cerditos del cuento. El lobo, por más que soplaba, no era capaz de derrumbar la sólida casa que habían construído. Se puede aplicar el cuento infantil al idioma que es usado para comunicarse.
Se parte de una base sólida, de unos fundamentos sobre los que a lo largo de la historia se construye una lengua. Esa solidez, nutrida por los hablantes, es lo que hace que la lengua sobreviva en el tiempo.
Pero hay quien confunde la casa con sus cimientos y, cuando la fachada cambia o el diseño se modifica un poco, entran en pánico.
Es cuando se escuchan voces —a veces hasta razonables— diciendo que algunos hablantes y algunos escritores “destruyen” la lengua. Recientemente un lector dijo que nunca se debió haber utilizado Beijing para referirse a la capital de China, durante los Juegos Olímpicos del año pasado. Que la palabra era Pekín. Pero esa fue una opción de muchos medios de comunicación en español en este hemisferio: “Beijing 2008”.
Hace un par de semanas, un titular de la página de deportes aseguraba que la selección nacional de fútbol de El Salvador iba “a por todas”.
Aunque muchos entiendan la expresión —utilizada en prensa de España y en populares sitios web de equipos como el Real Madrid o el Barcelona— inmediatamente también comprendieron que sonaba demasiado ibérica.
Otro reclamo: una lectora pregunta por qué se utilizó la palabra “lentillas” en lugar de “lentes de contacto” en un artículo de salud.
Tenía razón en que la segunda era más común para los lectores latinos. No tenía ninguna razón en despreciar la primera.
Una lengua es un ser vivo, un bebé al que no se puede detener en su crecimiento y desarrollo. Pasa por fases, según la historia y los ambientes en los que se sumerge.
Pretender detener el crecimiento de un niño o evitar que se equivoque equivale a querer tapar el sol con un dedo. Es más, en el constante devenir de una lengua lo que hoy son aberraciones en los oídos más puros, mañana puede ser un vocablo común.
Un ejemplo: en los últimos 20 años en el debate del español de Estados Unidos se han escuchado agresivos y fundamentados ataques contra el uso de palabras como aplicar y aplicación. Hasta hace poco se aceptaba aplicar una mano de pintura a la pared, pero no aplicar a la universidad donde, además, se llenaban formularios, no aplicaciones. Hoy se aplica y se llenan aplicaciones, al igual que se solicita, se matricula y se llenan solicitudes. Estar felizmente contaminado por el inglés no es una tragedia.
Es parte de la realidad lingüística, cultural y sociológica. De la misma manera que el inglés ha asumido y sigue asumiendo léxico del idioma español.
Si se lee más arriba, se recordará que se habla del “español de Estados Unidos” (la preposición “de” es la clave: hay que asumirla sin temor). Tomamos posesión y somos poseídos en dosis igualmente impactantes.
-Alberto Avendaño
alberto@eltiempolatino.com
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